¿A qué edad la gente deja de enamorarse?

Aquí les dejo el testimonio de Ronald Matt, un músico americano de Jazz


Tengo 80 ahora. Cuando tenía 75 años y después de haber pasado por el fallecimiento de mi esposa durante 43 años, estaba en una ciudad nueva, en un parque para perros. Había una mujer mucho más joven allí y nos sentimos atraídos el uno por el otro. Hablamos durante casi una hora. Entonces ambos tuvimos que irnos. 

Caminamos hasta el estacionamiento con nuestros perros, nos despedimos, nos vemos y nos despedimos. Me encontré pensando en ella y preguntándome por qué no intercambiamos información de contacto. 

Parecía que nos llevábamos muy bien. Sin embargo, era 27 años más joven, delgada, atlética, inteligente y bastante atractiva. No podía dejar de pensar en ella. Iba al parque para perros todos los días con la esperanza de volver a verla. Me había enamorado, como si volviera a tener 15 años.

Pasaron dos semanas. Entonces, una mañana, estaba en medio del campo bailando con su perro. Ella me vio, corrió y me besó en la mejilla y dijo; finamente, he estado aquí casi todos los días esperando volver a verte. ¿Por qué no conseguimos el número del otro?

Comenzamos a reunirnos en el parque para perros todos los días. Ella vendría a visitarme a mi cabaña. Pronto, comenzó a pasar el día y la noche. Luego, una semana a la vez. Luego encontramos un nuevo lugar y nos mudamos juntos. Ella está sentada a los pies de la cama mientras escribo esto. 

Llevamos juntos casi 5 años. Ambos todavía tenemos un "enamoramiento" el uno del otro. Tengo que mencionar, me parece que estoy 60 y estoy en muy buenas condiciones. El sexo no es un problema ... todavía funciona. No veo que tengamos ganas de separarnos a propósito . entonces, respecto a tu pregunta ... para mi sorpresa, puedes enamorarte a los 60. Puedes enamorarte. Yo lo hice.

Este bello relato lo leí y copié de Quora y lo comparto con Uds.
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La historia de Nicolás Sleibe, el contador que sobrevivió a una tragedia en el Himalaya

El contador y montañista relató su impactante odisea a más de 7.800 metros de altura en el volcánico clima del Manaslu. Entre amputaciones, resiliencia y el regreso a las bases, la historia de un hombre que se transformó en la inmensidad del silencio.


Hay geografías que parecen moldear destinos, pero también hay hombres que desafían la llanura de la que provienen. Santiago del Estero, tierra de horizontes planos y calores secos, vio nacer a Nicolás Sleibe. Contador público de profesión y reconocido por su trayectoria en el ámbito de las ciencias económicas y la función pública —donde llegó a desempeñarse como Tesorero General de la Provincia y Secretario de Economía de la Municipalidad de la Capital—, Nicolás albergaba una fascinación silenciosa e indomable: la alta montaña.

Tras conquistar cumbres icónicas como el Aconcagua (6.961 m s. n. m.), el Kilimanjaro en África y el Elbrús en Europa, en septiembre de 2022 decidió dar el gran salto de su vida hacia el Himalaya nepalí para desafiar el Monte Manaslu, la octava montaña más alta del mundo, con 8.163 metros de altitud. Lo que prometía ser el pico de su carrera deportiva terminó convirtiéndose en un verdadero descenso al infierno y, paradójicamente, en el prólogo de un renacimiento.

En el cuarto capítulo del ciclo En el Caos, conducido por Daniela García y transmitido por Info Stream, Sleibe repasó cada tramo de la tragedia y reflexionó sobre el complejo proceso emocional que lo llevó a amigarse con su nueva realidad.

A finales de septiembre de 2022, el Manaslu atravesaba una de las temporadas más inestables y trágicas de su historia reciente. Las nevadas copiosas combinadas con temperaturas inusualmente elevadas provocaron una cadena de avalanchas destructivas en las rutas superiores que se cobraron la vida de varios expedicionarios internacionales.

Pese a las señales que devolvía la montaña, el ansia de cumbre y casi 30 días de desgaste continuo empujaron a la expedición hacia los tramos finales. Nicolás ya arrastraba los efectos silenciosos de un edema cerebral producto de la falta severa de oxígeno.

Al alcanzar los 7.800 metros de altura, en plena "zona de la muerte", una violenta tormenta sepultó la visibilidad del equipo. La nieve impactando de costado le quemó las córneas, provocándole una ceguera prácticamente total. La orden por comunicación de radio fue tajante: deben regresar de inmediato.

Fue en ese instante cuando el cuerpo de Nicolás colapsó. "Cuando me doy vuelta para bajar, mi cuerpo dijo 'no puedo seguir'. No había forma, intentaba pisar y me iba", rememoró en el programa.

Separado del grupo y sin poder sostenerse en pie, comenzó a deslizarse a ciegas por una pendiente helada de 70 grados de inclinación. "Iba a una velocidad tan fuerte que no me podía frenar. En ese momento, mientras bajaba, me acuerdo patente de hablar y decir: 'Bueno Dios, este es tu plan para mí, yo lo acepto'. Lo único que esperaba era irme al precipicio".

El milagro en la roca y los lobos de la noche

Una roca providencial detuvo su caída libre. A partir de allí comenzó una dramática maniobra de rescate encabezada por guías sherpas, quienes lucharon a ciegas contra el reloj y el temporal para evitar que entrara en coma por hipotermia. Entre arrastrones y sacudidas para mantenerlo despierto, Nicolás perdió el conocimiento y su mano derecha quedó sepultada bajo la nieve.

Tras ser evacuado en helicóptero al hospital de Katmandú, la tormenta climática dio paso a la tempestad emocional. Las severas congelaciones derivaron en la amputación de los dedos de su mano derecha y graves lesiones en los pies y el rostro.

"Durante 10 noches los lobos venían a mi cama en la terapia intensiva. Venían a decirme que no iba a poder, que me iba a dar vergüenza la mirada del otro, que no me iba a acostumbrar a esta nueva vida", confesó a Daniela. Solo el recuerdo de su pequeña hija Amelia y el afecto incondicional de su entorno más íntimo lograron espantar a esos fantasmas.

La metamorfosis: amigarse con la nueva vida

A cuatro años del suceso —marcando el 28 de septiembre de 2022 como su "segundo cumpleaños"—, Sleibe no guarda rencores con la montaña ni con su propio destino. Lejos de quedar paralizado por las secuelas físicas, transformó el dolor en una empatía profunda y en un motor para impulsar el deporte adaptado y la superación personal.

"Antes mi vida iba a mil kilómetros por hora, trazaba objetivos e iba. De repente la vida me dijo 'hasta aquí, ahora tienes una nueva vida y tienes que acomodarte'. Hoy veo a alguien con una dificultad y me freno, porque yo ya experimenté la pérdida", reflexionó.

Al ser consultado sobre si se arrepentía de haber emprendido aquella expedición al lejano Himalaya, su respuesta fue contundente: "Para nada. El accidente que he tenido es de las cosas más hermosas que me han pasado en la vida. Nació una nueva versión, hoy solo me queda agradecer cada día".

Fuente: infodelestero.com

Cómo sobrevivió la monarquía en Europa: el arte de transformarse para permanecer

Introducción

Durante los siglos XIX y XX, cuando las revoluciones, las guerras mundiales y el avance de la democracia derribaron tronos y proclamaron repúblicas en casi todo el continente, parecía que la monarquía estaba destinada a desaparecer como institución obsoleta. 

Sin embargo, en la Europa actual diez países mantienen monarquías activas —Reino Unido, España, Suecia, Noruega, Dinamarca, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo, Mónaco y Liechtenstein—. 

No es casualidad: sobrevivieron precisamente porque aprendieron a cambiar antes de que fuera demasiado tarde. La historia de su pervivencia no es la historia de la resistencia al cambio, sino de su capacidad de adaptación radical.

La gran transformación: de gobernar a simbolizar

La decisión más decisiva fue ceder el poder. Durante siglos, los monarcas reinaron y gobernaron; concentraban la autoridad militar, política y religiosa. Pero con la llegada de las constituciones y los parlamentos, las monarquías que sobrevivieron aceptaron limitar su poder hasta quedar reducido a un papel esencialmente simbólico. 

En Reino Unido, la Revolución Gloriosa de 1688 abrió el camino; en Suecia, la reforma constitucional de 1974 eliminó incluso los últimos vestigios de autoridad política; en España, la Constitución de 1978 definió al rey como jefe de Estado pero sin facultad de dirigir el gobierno. 

La paradoja es extraordinaria: dejaron de mandar para seguir existiendo. Al renunciar al poder real, se hicieron invulnerables a las revoluciones que derrocaron a los monarcas que se aferraron a él.

Legitimidad renovada: tradición, estabilidad y cohesión

Una vez que dejaron de gobernar, las monarquías encontraron una nueva razón de ser: representar lo que une a la nación por encima de las divisiones políticas.
 
Mientras los gobiernos cambian cada pocos años según las elecciones, el monarca permanece como símbolo de continuidad histórica y unidad nacional. 

En momentos de crisis, se convierten en referentes de estabilidad institucional. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, muchas casas reales fueron percibidas como símbolos de resistencia frente al nazismo, lo que renovó profundamente su legitimidad. Su valor no está en decidir, sino en encarnar: la historia común, la identidad colectiva, la permanencia del Estado más allá de los vaivenes partidarios.

Ejemplaridad y cercanía: el apoyo popular como fundamento

Hoy, la monarquía no descansa sobre la fuerza ni sobre el derecho divino, sino sobre la tolerancia y el apoyo de la ciudadanía. Su continuidad depende de la ejemplaridad de quienes la encarnan. 

Cuando las familias reales han actuado con discreción, austeridad y cercanía, han mantenido el respeto; cuando han caído en escándalos, privilegios o corrupción, han puesto en riesgo su propia existencia. 

La monarquía británica, por ejemplo, supo combinar la solemnidad con la presencia en la vida cotidiana, acompañando a la población en momentos de duelo o celebración. Las monarquías nórdicas, por su parte, han cultivado una imagen de sencillez y transparencia que las convierte en instituciones ampliamente respetadas.

Conclusión:

La supervivencia de la monarquía en Europa no es un anacronismo ni un accidente de la historia: es el resultado de una profunda sabiduría política. Comprendieron que para durar debían transformarse: dejaron de ser poder para convertirse en símbolo; dejaron de imponerse para buscar el consenso; dejaron de mirar solo al pasado para acompañar los tiempos nuevos. 

En pleno siglo XXI, no sobreviven por la fuerza de las armas ni por la antigüedad de sus linajes, sino porque han sabido encontrar un lugar útil en las democracias modernas: ser el rostro de la nación cuando las pasiones políticas la dividen. La lección es clara: las instituciones, como las personas, sobreviven no porque no cambien nunca, sino porque saben cambiar cuando es necesario.